Orlando minuto de silencioEste lunes Fuenlabrada guardaba un respetuoso minuto de silencio en recuerdo a las víctimas del atentado de Orlando. En relación a este tema nuestro bloguero Diego Ferriz ha escrito este post, titulado «¿Hasta cuándo?».

Llueve sobre mojado. La enésima matanza terrorista del siglo XXI, otra vez en los Estados Unidos de América. Si hace pocos días fueron veintitantos desdichados iraquíes quienes murieron asesinados por su afición al deporte, ese gran invento de occidente para competir en tiempos de paz, ahora han sido 49 o 50 pacíficos ciudadanos de condición homosexual que celebraban una fiesta en un club de ambiente; gente de bien, en todo caso, pese a los fanáticos santurrones que pretenden darnos lecciones de moral por nuestros horribles pecados: respetamos el libre albedrío de hombres y mujeres y su derecho a gozar de la vida que Dios dispuso al crearnos, dotándonos de sexualidad y sus consecuencias: entre otras, el placer. Bebemos alcohol, nos emborrachamos y así a veces desvariamos. Somos homosexuales y, como tales, no siempre seguimos la senda de la procreación natural. Somos diversos, postmodernos, cosmopolitas, refinados e imperfectos –nadie es perfecto, Dios no lo quiso así-, pero, mayoritariamente, somos buenos: albergamos buenas intenciones, pretendemos crear un mundo cada vez mejor y convivir en paz con el prójimo; la evolución de la humanidad, con sus leyes, sus artes y su libertad, da fe de ello.

No obstante, estos enemigos de occidente que nos odian y nos desprecian por nuestras relajadas costumbres no tienen inconveniente en inocularnos su veneno: según leo en El País hace unos días, se ha producido un considerable aumento de la producción de heroína en Afganistán, droga que lleva a la ruina total del individuo -física, moral y económica- y se distribuye descontrolada y pérfidamente en Europa y América, en todo el mundo añadiría yo. ¡Qué terrible paradoja! No bebáis alcohol, nos dicen, no practiquéis sexo si no es para procrear, no os adjudiquéis libertades que corrompen nuestro espíritu y disgustan al Creador, no permitáis la homosexualidad. Pero, eso sí -cómo no-, comprad y consumid nuestra heroína, no importa si os degradáis hasta extremos infernales, pues es nuestro negocio, nuestro pan de cada día y nuestro medio de subsistencia; seguid comprando nuestro petróleo y gastándoos vuestro euros, vuestras libras y vuestros dólares, vuestros yenes, en nuestras gloriosas y antiquísimas naciones, aunque, nada más lejos de nuestra intención, en ocasiones seáis asesinados por nuestros extremistas hermanos, que tampoco toleran que os solacéis en nuestras sagradas tierras.

No quiero extenderme más de lo necesario, pues ya he escrito varias veces sobre este gravísimo problema y lamentaría pecar de redundante y aburriros, estimados lectores. Ayer seguí el debate a 4 a ratos, durmiéndome y despertándome porque estaba cansado después de un madrugón de aúpa y una dura jornada de trabajo. Me perdí, desgraciadamente, lo que los candidatos expusieran acerca de la política internacional, que me interesa tanto como la nacional, pues soy madrileño, español, europeo, terrícola y universal. Sólo quiero expresar mi esperanza y mi deseo de que nuestro próximo presidente se implique decididamente en la solución de este conflicto, en estrecha colaboración con los demás gobiernos occidentales, para que todos nosotros, los millones de cristianos, musulmanes, fieles de otras religiones, ateos y no creyentes que pretendemos convivir en paz y cultivar la amistad, el intercambio cultural y el comercio noblemente entendido, podamos expresarnos civilizada y dignamente sin incurrir en riesgo alguno, regresar a nuestros países pacificados y sonreír sin miedo; nos lo merecemos, tenemos derecho a afianzar el bien en nuestro planeta y, además, es urgente.